Articulo: Ellos tienen tanto miedo de morir como tu

Es probable que alguna vez te hayas encontrado con el término «microgastos». Es una expresión bastante engañosa en el sentido de que nunca son micro y, por su abundancia, pueden ser un golpe fuerte a la economía de tu bolsillo si te descuidas. Pero te tengo malas noticias: probablemente sean inevitables a medida que pasa el tiempo y cambia la economía.

Introducción

La economía siempre ha tratado de que las personas consigan algo por un precio equivalente. Tenemos como base el trueque, el cual permitía cambiar una cosa por otra de valor equivalente. Pero siempre ha sido difícil determinar qué es equivalente al valor de otra cosa. No hay ninguna academia o institución que avale el costo de una piedra ni que determine el valor de otra cosa para poder intercambiarla. Y así la humanidad ha vivido desde tiempos ancestrales, tratando de arreglárselas cambiando cosas por puro valor subjetivo.

Pero, en cierta forma, es fácil cambiar una piedra que te encontraste por ahí por otra similar, o un alimento por otro. Sin embargo, a medida que entran en la ecuación otros factores, como la complejidad de obtención, es más complicado hacer estos intercambios.Especialmente cuando no sabes el esfuerzo que fue requerido para obtener algo aparentemente mundano.

Y así llegamos a la época del patrón oro, que busca sostener el valor de una moneda con base en las reservas de oro de la nación, y al dinero fiat, que ya ni tiene un valor intrínseco, sino que se basa en la pura confianza en el gobierno.

Ya tenemos entonces el dinero, ahora… ¿cómo lo gastamos?

El esfuerzo para lograr algo

Una piedra puede tener su valor por el mero hecho de ser una piedra, pero una piedra labrada tiene valor en su material y en el esfuerzo que se necesita para obtener su labrado. Ya no puedes cambiarla por otra piedra del mismo material porque ahora tiene el valor añadido del trabajo. Y es un esfuerzo grande. Se necesitan horas, días y semanas para obtener resultados apropiados; tiempo que el artesano no puede dedicar a, por ejemplo, labrar la tierra. Por esta razón, otra persona tiene que hacer el labrado de la tierra. Pero esta está muy ocupada como para hacer la ropa que necesita para cubrirse; para eso están los artesanos textiles. Por supuesto, mientras trabajan la tela, necesitan comer, y aquí viene la industria alimenticia.

Entonces aquí estamos, pagando por cosas porque un monito creativo puso valor a un objeto que otro monito no supo cómo pagar más que invirtiendo esfuerzo para generar el valor necesario para conseguirlo. Un ciclo infinito de oferta y demanda ha surgido.

Este breve repaso sirve para explicar la naturaleza de la economía antes del surgimiento de internet. Valorar algo que ofreces ya era complicado, y un día alguien viene y te vende algo que no existe. Y lo pagas feliz.

Vender productos es insostenible

Aquí viene el problema más triste de la economía. Esta se trata de convencer a otro de darte algo a cambio de lo que tienes. Así que buscas crear algo que convenza a alguien de darte dinero a cambio de lo que haces. Pero te ves en aprietos si lo que ofreces es algo imperecedero.

Te explico: si vendes pan, todos necesitan pan, así que vienen y te dan dinero a cambio del pan. Se lo comen y necesitan más pan. Entonces preparas más pan y así sostienes todas las industrias detrás de ti mientras mantienes felices a tus clientes. Pero si vendes una piedra, tu cliente la compra feliz y se la queda para siempre. ¿Cómo puedes convencerlo de que te compre más si aún tiene la suya?

Entonces tienes que innovar. Puedes dibujarle ojitos y venderlas como mascotas. Mucha gente vendrá por sus piedritas. Se hace una moda y, un día, todos tienen sus piedras mascotas. ¿Para qué quieren comprar más si su necesidad ya está satisfecha?

Entonces las empresas siempre se encuentran en esa encrucijada. Tienen miedo de satisfacer a sus clientes porque, si hacen algo perfecto y ya nadie les compra, mueren. Aparece la obsolescencia programada.

Constantemente las empresas están sacando productos nuevos que no son más que ligeras variaciones con respecto a los anteriores. Las empresas tienen que sacar rentabilidad porque de lo contrario mueren y, como la economía se basa en convencer a otros de que les den dinero a cambio de lo que ofrecen, usan diferentes estrategias, muchas cuestionables, para conseguirlo. Aunque no lo parezca, el consumidor tiene la palabra final. Por eso, cuando aparecen las campañas de saboteo en las que eligen no comprar, las empresas suelen recular. Les duele físicamente porque nunca tienen excedente: lo que ganan, incluso con sobreprecio, tiene que funcionar como colchón para imprevistos, biberones para accionistas y, si es necesario, sobornos para lo que se necesite.

Y aunque esto suene trascendental, supercorporativo y cosa de gente rica, es exactamente lo mismo para entornos más domésticos. Los artesanos, por ejemplo: lo que crean suele ser muy duradero, pero si solo vendieran a su comunidad, en poco tiempo todos tendrían sus artesanías y ya nadie tendría razón para comprarles más cosas. Por eso las artesanías dependen del turismo. Y, por lo mismo, las artesanías se han simplificado. Es necesario ahorrar todo lo posible para la época de las vacas flacas.

Vender servicios es tramposo, pero efectivo

Entonces, ¿cómo sobrevivir a los costos de producción y la satisfacción del cliente? Con servicios, claro. Aquí viene la extraña relación entre la materia prima y el desarrollo industrial.
Seguramente te has dado cuenta de que he usado el ejemplo de la piedra como modelo de un objeto de poco valor. Pero esto es más porque es la base de la pirámide económica. La piedra vale poco porque es algo muy común y, por su abundancia y bajo precio, puedes saturar el mercado fácilmente. Todos tendrán su piedrita en poco tiempo y tú te quedas, no solo sin clientes, sino con el inventario lleno.

Olvídate de vender la piedra. Ya sabes que una piedra labrada es más costosa; puedes vender piedras labradas. Pero, como sabes, vender y producir son cosas muy distintas y, de todas formas, tarde o temprano se saturará el mercado de piedras labradas. Así que aprovecha que esto no ha sucedido y ofrece tus servicios para labrarla. No tienes que minar para obtenerla: el que la quiera labrada te trae su piedra y solo tienes que aplicar tu esfuerzo en lograrlo. Pero no necesitas solo labrar piedras, puedes hacer muchas cosas más.

Entonces, se crea un nuevo mercado que deja las cosas como una pirámide, en la que el que vende la piedra obtiene la menor rentabilidad pues su piedra es abundante y ya nadie la quiere, por lo que tiene un precio bajísimo, pero debe seguir vendiéndola porque necesita pagar sus propias cuentas para sobrevivir. Por otro lado, la tecnología para labrar la piedra tiene su propia ruta, por lo que puede ser muy costosa para el que vende la piedra, así que no puede labrarla por sí mismo.

Esta situación es la que describe la relación entre los países productores de materia prima y a los que la procesan.

Vender servicios funciona. Llevémoslo un poco más lejos.

La pobreza de los países no está definida por si exportan la materia prima o la procesan, sino que el que puedan procesarla o solo extraerla está definido por su riqueza y poder.

Actualmente la cadena de producción está tan desarrollada que crear tecnología es privilegio solo de sociedades más enriquecidas, mientras que obtener la materia prima es cosa de sociedades más empobrecidas. Por supuesto, esto con matices. Mientras que Taiwán sí es potencia por procesar el silicio en microchips, el silicio se obtiene de naciones relativamente ricas; y, por otro lado, el litio se obtiene de países con menos recursos, pero los que los procesan sí que están mejor posicionados.

Esto está definido por el costo de la tecnología necesaria para procesar la materia prima. Por supuesto, mientras más costosa la tecnología, más valor tiene el resultado, pero esto lo hace inaccesible para países pobres justamente por no tener suficiente dinero para acceder a esa infraestructura.

Las empresas no son tontas, pero son seres que luchan por la supervivencia y, a medida que avanza el tiempo, esto es cada vez más difícil. Debido a la feroz competencia y cambios globales, lo que antes sobraba (excedente) se tiene que ahorrar como emergencia para no quebrar.

Mientras que en algún momento se vendían versiones recortadas para «convencer al comprador» (software trial o shareware), la piratería causaba estragos en sus ingresos. Y no solo la piratería, sino la conformidad del consumidor. Sea la razón que sea, el consumidor puede mostrarse satisfecho comprando un software una vez y nunca volviendo a comprar. Al tenerlo físicamente, puede llevarlo de un lado a otro y, como es suficiente para lo que hace, no necesita comprar más. Para contrarrestar eso, el software suele mantenerse en un ciclo de versiones y parches que obligan a hacer nuevas compras o a contratar un servicio de soporte. Pero esto no es suficiente.

Office de Microsoft, por ejemplo, está muy pirateado y muchas computadoras no han actualizado desde Office 97. Esas que no han comprado las versiones más recientes son dinero perdido. Los videojuegos, por su parte, no cuentan con versiones para venderlos una y otra vez, sino con secuelas. Pero la producción de un videojuego es muy lenta y costosa. Sin embargo, el internet permitiría la aparición de un nuevo modelo de negocio llamado Software as a Service (SaaS).

El arte de vender nada y cobrar por ello para siempre

Puede parecer raro, pero si no lo posees físicamente, no lo posees; de eso se trata el SaaS.

En lugar de venderte software, te venden un servicio. Como vimos antes, sale más rentable ofrecer un servicio porque es algo que se consume recurrentemente y se basa en el trabajo previo de alguien más. Puedes darle más valor a algo y beneficiarte continuamente de ello.

Así, en lugar de vender las tuberías, deja que se encargue otro de eso. Sé fontanero. Arregla las tuberías mientras otro se mata vendiendo las tuberías. De esa misma forma, en lugar de vender

Office como un software instalable, véndelo como un servicio. Y cobra para siempre por ello, aunque tu cliente no lo use nunca.

El software como servicio se basa en el miedo de los clientes a la tecnología y en la pereza de las empresas de encargarse por sí mismas de lo que sí pueden controlar. En ese sentido, puedes ofrecer almacenamiento en línea a precios que a la larga son exagerados, pero que al pagarlos mes a mes suenan baratos. 2 TB por 9.99 parece bastante, pero estás condenado a pagar esos mismos 9.99 en el tiempo para no perderlos. Tus datos están secuestrados, mientras que puedes pagar 88 dólares por un disco de 2 TB y tus datos son tuyos por un solo pago.

Pagando 9.99, en un año ya habrás gastado 118 dólares. Más que tu disco duro local.

Conclusiones

El universo tiende a la entropía. Al igual que consumimos energía para oponernos a la entropía (morir), las empresas también luchan por aprovechar los recursos de la manera más eficiente con el mismo objetivo. Y al final del día, lo que le importa a la economía es que el dinero siga circulando, sin importar la ética de ese flujo.

Es probable que al leer todo esto hayas pensado que es una crítica al capitalismo, a la obsolescencia programada, a los monopolios, etcétera. Pero, aunque casi, no es del todo cierto. Es más bien un análisis de la realidad. Los productos siempre se han cambiado por algo de valor equivalente y los servicios siempre se han ofrecido para generar valor sobre un producto anterior. Pero esto no es necesariamente malo: las cosas son como son y podemos quejarnos, pero somos arrastrados con los cambios en la historia.

Las empresas no funcionan como superdepredadores; tienen que convencernos de darles nuestros recursos y, si no lo logran, mueren. Nosotros, en cambio, tenemos la opción de no comprarles a ellos o directamente no comprar cosas que no necesitamos.

Alternativas hay, pero lo normal en esta época ya es llamarle «microgastos», «gastos fantasma» o «gastos hormiga» como una forma de aceptar gastos innecesarios que, por ser tan pequeños, parecen insignificantes. Sin embargo, como vimos en el ejemplo del almacenamiento en la nube, un gasto definitivo sale más barato a largo plazo que pequeños pagos mensuales que son prácticamente eternos. Por supuesto, el problema también está en que nunca es un solo gasto: son muchos y se acumulan en las cuentas perjudicando el saldo a fin de mes.

Es bastante interesante notar la forma en la que se desarrolla esto, pero también es obvio que no es algo que vaya a reducirse a corto plazo. Ya tenemos los DLC en los videojuegos, los cuales también ya son por suscripción. GTA VI va a salir con una edición física que no incluye el disco sino un enlace para descargarlo; si bien esto sigue siendo un producto, el juego y su DRM exigen que te mantengas conectado a internet permanentemente y, si estas empresas cierran, no podrás jugar nunca más.

Office ya cuenta con una versión en la nube que puedes pagar por suscripción y hay tantas formas de almacenamiento en la nube también bajo este modelo.

Y si preguntas, dicen que el futuro del SaaS es el AaaS (Agents as a Service), el cual no es más que el tradicional Software como Servicio, pero orientado a los agentes de inteligencia artificial. No hay a la vista algo que nos indique que este modelo de negocios vaya a ser reemplazado por algo distinto. Llegó para quedarse.

Ah y una acotacion: el hardware ya va por el modelo Hardware como servicio

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